30 may. 2016

Martín Alvarenga - El anarquismo en Corrientes - La historia que nunca se escribió (2006)


El anarquismo en Corrientes - La historia que nunca se escribió

Por Martín Alvarenga



Hay una historia escrita por los vencedores y otra versión que fue manipulada por los voceros oficiales en la misma memoria social, en detrimento de quienes fueron los vencidos. Porque los historiadores de linaje, muchas veces, no se ocuparon de darle la palabra al pueblo.

¿Historia borrada por una mano negra?

Las escaramuzas de los anarquistas en Corrientes durante las tres primeras décadas del siglo XX no han sido objetivadas en la escritura, siendo ocultadas por una versión de la historia política ligada a los apellidos de abolengo.
Hay una historia escrita por los vencedores y hay otra versión, en cambio, que ha sido manipulada por los voceros oficiales en la misma memoria social, en detrimento de quienes fueron los vencidos, porque todos los que estuvieron en esa épica anónima ahora ya no están y los historiadores de linajes, muchas veces truchos, no se ocuparon de darle la palabra al pueblo.

Lo que les interesó a los seudoacadémicos, oxidados en los claustros y envejecidos en un discurso unilateral que se traduce en monocorde soliloquio, es la historia oficial, la de las instituciones y de las formas de poder público y privado. Salta a la vista que hay un elenco de cronistas genuflexos, con las excepciones del caso, que va transmitiendo de generación en generación los hechos del pasado, maquillados en un discurso que un segmento minoritario disfruta en leerlo. Estos cortesanos forman minúsculas corporaciones, vestidos con los sofismas de la soberbia y de la mezquindad a la hora de graficar un suceso.

La aventura correntina que nunca se escribió

Tuve conocimiento desde muy pequeño, a través de mi padre y de mi madre, sobre la existencia de un movimiento anarquista en Corrientes, que seguía la línea de la Fora nacional; la sigla Fora significaba Federación Obrera Argentina, y tenía un corresponsal en nuestra provincia que era mi padre, quien distribuía material ideológico en toda la zona ribereña del puerto principal y de lo que fue el Puerto Italia, donde había obreros de la construcción de barcos, estibadores, embolsadores de materia prima alimentaria y navegantes conocidos como embarcadizos. Les estoy comunicando circunstancias que acontecían de un modo dominante desde 1915 a 1930, inclusive, con el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen y la llegada de Uriburu, que realiza una masacre de los anarquistas y socialistas en Buenos Aires, en ocasión de la Semana Trágica y de la secuela de rebelión de los trabajadores de la Patagonia, dramática proletaria que, con sapiencia, la relató Osvaldo Bayer.

Mi padre poseía publicaciones gremiales y libros de teóricos ya clásicos como Bakunin, el príncipe Kropotkin, Eliseo Reclus y del gran novelista León Tostoi, un anarquista católico. Pero fundamentalmente era un activista gremial.Tanto es así que, en una ocasión, los obreros portuarios se rebelaron contra la patronal por los ínfimo salarios que recibían, entonces decidieron en asamblea realizar una huelga que contó con la decisión unánime de los trabajadores.

Los patrones, para quebrar esta acción, trajeron indios del Chaco para que hicieran la tarea del embolsado de yerba, lo que motivó una gran escaramuza de los asalariados que en una gesta heroica desalojaron a los aborígenes y tomaron el puerto hasta que la patronal accedió a sus reclamos.
Otras cosas curiosas, en base al testimonio de mi padre y de mi madre.

Obreros que hacían manifestaciones en los principales sitios –de lo que entonces era ciudad-pueblo– por demandas laborales; manifestaciones de empleadas domésticas que llegaban con sus reclamos hasta la Casa de Gobierno; pronunciamientos y marchas contra la ejecución de Sacco y Vanzetti, obreros que una y otra vez habían manifestado su inocencia sobre cargos infundados para contrarrestar el movimiento de los trabajadores en Estados Unidos.

Es indudable que la inyección de concientización de clase tuvo su influencia decisiva con la llegada de numerosos inmigrantes en el ocaso del siglo XIX y en el umbral del siglo XX en Buenos Aires, lo que determinó que un excedente llegase a las provincias, más allá de que en Corrientes fueran menos que en otros lugares. Lo que sí se dio en esta franja mesopotámica y tragicómica fue la simbiosis ideológica del gringo con el mestizo, dando como resultado la ideología del anarquismo y del socialismo.
Este movimiento subtropical también fue aniquilado: se allanaron casas, se destruyeron libros con material ideológico, hubo detenciones. Mi padre se salvó porque un día antes mi madre, anticipándose al peligro, quemó todo el material informativo que se recibía desde Buenos Aires para su posterior distribución en Corrientes.

¿Causalidad o casualidad?

No me sorprende la actitud fosilizada de algunos profesores de historia o especialistas autodidactas, que se autotitulan inexorablemente historiadores. Creen que la solución del conocimiento del pasado se sustenta a través del método positivista, como si la travesura del hombre sobre la tierra funcionase como un cálculo matemático o como el objeto de estudio de las ciencias naturales. El hombre no es una piedra o un vegetal, es algo más: el alma tiene una semántica infinita y no se la puede encerrar en la caja fuerte del dogma.

Los "referentes" de la historia son más papistas que el papa, pues idolatran la documentación pasando por alto la distancia histórica que está mediatizada muchas veces por una sucesión de versiones, versiones que están inevitablemente impregnadas de subjetividad, de la imagen del mundo de quien cuenta el acontecimiento. No advierten que la historia humana está hecho de pasiones, de caprichos y de imposibles; no les resulta inteligible que la creatura (un vocablo que va más allá de la palabra persona), haya sido creada por Dios o por la naturaleza, a la vez de que es capaz de contar con la posibilidad de crearse y recrearse a sí misma.

De tal manera que el documento, al pasar por el estremecimiento de lo humano, se completa con la interpretación; es decir, con el desarrollo de la comprensión. Los historiadores tienen la responsabilidad no sólo de explicar (razonar), sino también tiene que hacerse cargo de la simbolización (explicitación/desocultación de aquello que subyace por debajo de la información), de aquel sector del conocimiento que exige una supracomprensión abarcadora y prismática.

En el equívoco del positivismo como absoluto tiene mucho que ver con el etnocentrismo que obnubiló a la generación del 80, para quienes el indio y el gaucho no eran más que la barbarie; se olvidaron que el gaucho había luchado en las guerra de la independencia; no tuvieron la intuición humanista de Fray Bartolomé de las Casas, quien reconociera el ethos poderoso de las culturas precolombinas. Con ello no puedo negar los logros significativos de esa generación; no obstante, es bueno tener presente que ninguna ideología y ningún método tiene la última palabra.

Quisiera enfatizar que la manera en que ha sido contada la historia de Corrientes no es casualidad; mi estimación señala un grado de intencionalidad y eso da lugar a una crítica de la mirada, a una revisión de su complaciente perspectiva. Hay un interés de clase, se da conscientemente una defensa del status quo, una apuesta por la inmovilidad y una omisión al dinamismo del fluir en la cultura y en la sociedad.

Una prestigiosa figura (?) dijo por un medio impreso que la historia era válida a partir de la documentación y no a partir de la interpretación. La verdad que a esta altura del siglo no podía creerlo. Las dos facetas deberían ser integradas para comprender mejor nuestro pasado y, por ende, nuestro presente y nuestro futuro.

Si he apuntado el bache de la ausencia de la historia del anarquismo, me pregunto cuántos baches hay que detectar en nuestra memoria escrita, una historia escriturada que nos dificulta atravesar el presente con la lucidez y la profundidad que nos merecemos como comunidad, una asignatura pendiente que tendrán que superar las futuras generaciones de docentes, estudios e investigadores para que la voz de la historia sea pluralista, equitativa y unificadora de la tradición y del cambio en los puntos neurálgicos y vitales de nuestra sociedad.

Martín Alvarenga

Ensayo

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