31 may. 2018

Ricky Espinosa




Fuente Sudestada

Un 30 de mayo, pero de 2002, se tiraba desde la ventana de un quinto piso, en un monoblock de Avellaneda, Ricke Espinosa. Dejaba tras de sí una leyenda: la del punk que nace del barrio, la del pibe que hizo de la contracultura y la resistencia su estilo de vida, la del cantante que decía "Nunca seré policía", la de una voz que, todavía hoy, sigue sonando original en el mapa del punk local. Para recordarlo, van algunos fragmentos de la nota de Pablo Diaz Marenghi

“Ricardo es el héroe del punk rock argentino. Si no lo fuera, nadie estaría hablando de él ni hubiera vuelto Flema. Es muy probable que sin lo que mostró Ricky, Flema hubiese quedado en el olvido” afirma Sebastián Duarte, periodista y autor de la biografía no autorizada del cantante, El último Punk. Con Flema grabó siete discos de estudio, dos en vivo, cuatro demos e integró diversas compilaciones, entre ellas, Invasión 88, la cual difundió a muchas bancas punks que se consagrarían en el futuro como Attaque 77, Los Baraja y Comando Suicida. “El nombre Flema lo inventó Juan Fandiño. Se había enfermado y tenia flema, y su hermana, Sabrina, le dijo que podría ser un buen nombre para una banda” explica Duarte. Así nacía el conjunto que acompañaría a Ricky durante 15 años.
“Ricky era un rockero. No era punk de adolescente, era más bien un metalero. Se pintaba los ojos, se ponía talco en el pelo y salía así a la calle. Se juntaba con sus amigos del barrio a tomar cerveza y escuchaba Riff, Pappo y Manal. Después le empezó a gustar Iron Maiden, Black Sabath, Motorhead, Slayer” relata Duarte. La primera banda que integró, Overkill, hacía canciones de heavy metal, género que lo marcó de por vida. “El punk rock lo conoce cuando ingresa en Flema pero previamente, en las juntadas en Plaza Alsina, interactuaban chicos que tocaban en bandas de diferentes géneros. Desde stone hasta punk. Se hablaba de literatura, drogas, guitarras, vinilos” amplia Duarte.
Hijo de padres laburantes, Espinosa no fue un simple rockero bañado en drogas y alcohol. Era un joven sensible, romántico y depresivo por sobre todas las cosas. Letras como “Caigo en un pozo”, de su disco solista Vida Espinosa (1999), o “A nadie”, de Flema, capturan el costado humano del artista. Sus temores, sus neurosis y sus llantos. Sus preocupaciones, su anarquismo, y el descontento con el orden social establecido. Su obra es premonitoria de su trágico final, mezcla de suicidio y accidente, ocurrido el 30 de mayo de 2002. Duarte apoya esta hipótesis: “Si uno presta atención, él lo venía anticipando, especialmente en su disco solista; refleja sus sentimientos, su catarsis y sus ganas de partir. Era una persona que sentía que no podía cuajar con los mandatos sociales y sufría mucho el abandono de sus amigos y la traición en las relaciones humanas. Eso lo ponía muy mal. Además, las discográficas lo jodían con los discos, los managers le sacaban plata. Le costaba mucho confiar en la gente. Eso le traía mucha depresión.”
Ricky fue solidario con sus colegas y colaboró en su difusión. En sus discos Underpunk (1997) – con el alterego de Flemita- versionó a bandas punks de la época propias de la escena independiente como Mal Momento y Prisión Preventiva y en Tributo a Embajada Boliviana y Sin Ley (1999) grabó covers de estos dos conjuntos emblemáticos de los submundos punks.
“Cuando empieza a hacerse más conocido, lo empiezan a visitar fanáticos a su barrio y Ricky los echaba a patadas. Literalmente. Allí él era un pibe como cualquier otro; con sus amigos, iba a la cancha a ver al Porvenir, estaba con la barra. Sus amigos no eran punks. Eran pibes típicos del conurbano que escuchaban los Rolling Stones o AC/DC” relata Duarte resaltando otro aspecto clave de la figura de Ricky Espinosa: nunca haber perdido sus raíces y el consecuente el recelo a que se contaminen con personas foráneas. Se lo vio más de una vez regalando discos por la calle, recién salidos de la compañía discográfica, sin que sus mechas teñidas de violeta se le despeinen.
El Porvenir, club del barrio de Gerli, fue otra de las grandes pasiones de Ricky. Amigo de la barrabrava, solía juntarse en un bar cercano al club -El Expreso- para ponerse en pedo y alentar al equipo. Camiseta del Porve encima, Ricky era uno más gritando por su equipo e incluso saltó en alguna pelea de hinchadas hasta terminar en preso.
Ricky fue un apasionado. Se enamoró de Meche, fanática de Flema y estudiante de cine, y construyó una relación que le brindaría tantas satisfacciones como penurias. “Él amaba mucho a Mercedes y lo deprimía estar peleado con ella. Yo no responsabilizo a la relación de su muerte, pero creo que fue una de las tantas angustias que terminó influenciando en su partida” señala Duarte. Otra mujer trascendental en su vida fue Valeria, madre de su único hijo Lucas, nacido en 1996. Con ella compartió cervezas, drogas, llantos y desesperación. Tener un hijo cargó de pánico al músico aunque intentó acompañarlo, con sus conflictos internos y adicciones a cuestas.

Y aún yo te recuerdo

La mochila de quilombos de Ricky fue pesada a lo largo de toda su vida. La versión oficial de su muerte, esparcida de boca en boca con tintes mitológicos, cuenta que el 30 de mayo de 2002, luego de haber tomado litros de alcohol fino con jugo de naranja, increpó a Luichi de Flema en medio de un partido de Playstation: “Si pierdo me tiro”. Estaban en un quinto piso de un monoblock de Avellaneda. Bromeando, corrió hacia la ventana y entre tropiezos, cayó al vacío. Una parte del punk se iba para siempre. “Ricky no quería llegar a viejo, bajo ningún punto de vista. Quería defender sus ideales hasta las últimas consecuencias y lo hizo hasta que tocó partir. Decidió partir. Porque más allá de que uno especule con que fue un accidente o que se tiró por la Play, era claro que Ricardo se quería ir” afirma Duarte. Él sabía mejor que nadie que jamás podría encastrar con los cánones sociales. Como supo cantar, “odio el sistema social”. Impedimentos que lo atormentaron y, a la vez, moldearon una obra que junto a su inmensa sensibilidad y su manera descarnada de ver el mundo, dejaron una catarata de canciones que marcaron el punk y el rock en general.

Pibe de barrio, punk rocker, nihilista y romántico, sus propias palabras, citadas en la biografía escrita por Duarte, sintetizan su ideología y su actitud ante la vida: “No pensar en mañana, vivir el día como si fuese el último, disfrutarlo es mi consigna. Yo pienso todos los días distinto. A veces cuando estoy mal me quiero matar y en el mismo día algo se resuelve y tengo ganas de vivir de nuevo. Extremos. Todos los muertos son buenos. Hasta yo voy a serlo cuando ya no esté. El día que me muera espero que los que visiten mi tumba se tomen una birra a mi lado y en mi honor”. Su muerte –inconscientemente profetizada- volvió al hombre un mito.


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